Ascensores y otras malas fortunas

La vida misma

Ascensores y otras malas fortunas

                                               Por: Alexis Sebastián Méndez

Voy al grano: Maldita sea, cuando se abran las puertas del ascensor, espere a que se vacíe antes de intentar entrar.

En muchas ocasiones, voy viajando en el ascensor y, cuando llega al piso deseado, intento bajarme, pero me encuentro ante la embestida de un descerebrado que insiste en entrar antes que salga. La lógica establece que, primero debe vaciar el espacio, antes de intentar llenarlo, pero nada de eso. A la hora de los modales, no hay lógica que valga.

Quienes me conozcan deben estar virando los ojos, ya que el aspecto de los modales no es exactamente una medalla que cargue en mi pecho. Mucho menos el actuar con inteligencia. Voy a remontarme a una historia que ya tiene unos 25 años, pero que aún así ilustra mi ineptitud.

Me encontraba en una fiesta de una amiga de “familia con chavos” (definido, según los economistas, como cualquier familia con más dinero que la tuya). Esto quiere decir que había comida que yo jamás había visto, pues pertenezco a la escala social de sandwichitos de mezcla. En aquellas fiestas, había montones de exquisiteces distintas en la mesa de entremeses.

Así que, como persona desprovista de prudencia, me arrimaba a la mesa de los entremeses y comenzaba a comportarme como una cabra realenga en un “salad bar”. Entre las novedades (para mí), se encontraban unas galletas crujientes muy sabrosas. Como tengo una boca que es la envidia de “Predator”, me metía las galletas de un solo bocado, las masticaba, y las tragaba con apuro, ya que mi mano estaba llevando otra a la boca.

Ya había tragado media docena de estas galletas cuando apareció alguien un poco más educado, tomó una de galleta, la partió por la mitad, y sacó un papelito. Exacto: eran galletas de la buena fortuna. No creo en este tipo de cosas, pero bueno, tampoco era como para literalmente pasarme la buena fortuna por lugares que no tengo que mencionar.

Por tanto, reconozco que no soy un ejemplo de buenos modales y sentido común, pero por lo menos, intento aplicar lo poco que tengo en los ascensores.

Por ejemplo, estos aparatos tienen espacio limitado. Me mortifica parar en un piso y que la persona que espera afuera pregunte “¿Sube?”. La respuesta: “No, baja”. Y entonces la persona, sin pensarlo, dice “Está bien, me voy a montar de todas maneras”.

Otro dilema que enfrento es la conducta dentro del ascensor. La gente prefiere mirar los números cambiar o los zapatos que llevan puesto antes de cruzar mirada con otros. Pero peor es cuando intentan hacerse los distraídos.

Por ejemplo, un día voy en un ascensor, y esta persona, tratando de lucir natural, comienza a rascarse la cabeza con indiferencia. Los pedazos de pellejo y caspa comenzaron a salpicar por todos lados, como si tuviese dedos de serrucho y un cráneo de madera. Por mi madre que si se hubiese visto la escena de lejos, parecería que estaba raspando una piragua en la cabeza.

Mi mensaje es ese: tenga cortesía e inteligencia a la hora de montarse en el ascensor. Y ya sé que no me harán caso, pues yo mismo he aceptado que no soy una autoridad en esto. Pero estoy seguro que sí escucharían al sabio Confucio, quien dijo: “El hombre noble y educado…”. Perdonen, no sé como termina. Nunca pude limpiar bien ese papelito. 

Febrero de 2012

Otra regla de etiqueta muy importante al entrar en los ascensores: Recuerde haberse deshecho de todos sus papelitos de buena fortuna (foto: Masterfile)

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