Un buen pecado (Capítulos 1 y 2)

 

Capítulo 1

―Ave María Purísima.

―Sin pecado concebida. El Señor esté en tu corazón para que puedas arrepentirte humildemente de tus pecados.

―No vengo a confesarme, Padre. Vengo a que usted confiese.

 ―¿Confesar qué?

―Que usted mató al esposo de Luna Estrella.

El nombre le causó una impresión más poderosa que la atrevida acusación. El pecho del Padre Alejandro Cordero se comprimió: una mano fría cerraba sus dedos en su interior, estrujando su alma como un débil papel. Los años no aligeraban esa reacción inevitable cuando escuchaba el nombre “Luna Estrella”.

―No entiendo tus palabras.

El sacerdote asumió una postura más personal, obviando el supuesto anonimato de la rejilla del confesionario. La voz de Higinio Librado era fácil de reconocer: tenía la profundidad de un actor de radionovelas y la firmeza de un profesor universitario. Nadie imaginaba que había asesinado a decenas de personas.

―Despreocúpese, Padre. Jamás lo delataría.

            Padre Alejandro iba a responder: “Nadie mató al esposo de Luna Estrella”, pero procuraba no decir nunca el nombre de ella, por temor a que la voz se le quebrantara.

―Nadie mató a Santiago Bravo.

―Si hay alguien que puede reconocer un asesinato, ese soy yo.

Higinio Librado era un experto en el tema, pues durante treinta años se dedicó al negocio de la muerte por encargo. Cuando fue acusado por seis asesinatos, el fiscal aceptó transar por una condena de veinte años, de los cuales sólo cumplió la mitad, gracias a las recomendaciones del sacerdote asignado a la prisión, quien aseguraba, en cualquier vista administrativa, que Higinio era un ejemplo pleno de hombre renovado por la fe.

La conversión fue un cambio transformador para el asesino, quien había sido un ateo radical. Durante un debate en su juventud, expresó que “el significado de la vida es insignificante”, y él mismo quedó impactado por el peso de sus propias palabras. Tras semanas de reflexión, concluyó que la erradicación de algunas existencias, más que representar un abominable acto, era una necesidad. Su frialdad al matar no era causada por el ateísmo. “Al contrario, hacía mi trabajo más difícil” –le había explicado Higinio durante una confesión– “Ahora mismo sería más fácil matar, pues creo que la vida no termina, así que no es un daño terrible.”

Padre Alejandro sospechaba que la conversión de Higinio tenía que ver más con su fuerza de palabra, que con la transformación total de su alma. Hablaba de la Biblia y las prácticas católicas de una manera casi académica, con análisis y una tibia distancia. En prisión recibió una dura paliza –se necesitaron nueve reos para derribarlo– y mientras convalecía en la cama del hospital se le apareció la Virgen María. Higinio reconocía el aspecto dudoso de la aparición, pues la madre de Jesús tenía el rostro de Sofía Loren. Esto era algo que resentía, ya que la actriz italiana era su obsesión y desde entonces, no podía fantasear con ella. La Virgen le dijo que sanaría si prometía no volver a matar. Higinio Librado aceptó, no por temor a la muerte, sino porque era incapaz de contrariar a Sofía Loren. Tan pronto fue dado de alta, se convirtió en un experto en catolicismo.

Higinio siguió cumpliendo su palabra cuando salió de prisión pues, la posibilidad de que aquello había sido una alucinación era vencida por el efecto de la fabulosa aparición. Buscó un pueblo remoto para esconderse por el resto de su vida y así terminó en San Antonio, con sus casas coloridas y costas de calendario. Allí decidió completar su penitencia descargando en el confesionario, según los recordaba, todos sus asesinatos sin descubrir. Higinio hablaba de estos eventos –a veces los repetía, pues además de perder cuenta de sus víctimas, olvidaba cuáles ya había recordado– de una manera tan casual y libre de remordimientos, que Padre Alejandro consideraba que eran confesiones forzadas por su propia determinación.

―Hay muchas maneras de matar según sea el encargo. A veces no deseamos que se sepa que fue un asesinato, sino una muerte natural que no levante investigaciones. Pero la mayoría de los encargos son motivados por venganza o para brindar un ejemplo que intimide a otros. Ahí se pide que sea un asesinato doloroso y violento. ¿Le he hablado del hombre a quien le inyecté limpiador de tuberías en las cuerdas vocales para que no pudiese gritar mientras le cortaba pedazos del cuerpo?

―Si sólo pasó una vez, ya lo contaste.

―Esos son los encargos por castigo. Hay gente menos emocional, que reconoce que lo importante es el fin, y no el espectáculo del suceso. Estos son los hombres que deseaban el fin de su pareja antes de un costoso divorcio, las mujeres descorazonadas que merecían herencia, los ejecutivos que necesitaban deshacerse de un competidor en la jerarquía gerencial. Esos no desean llamar la atención, y no repudian a las víctimas, inclusive, diría que a veces le aman o le admiran. Ahí las muertes deben lucir accidentales. Como el caso con el esposo de Luna Estrella.

            Padre Alejandro tragó saliva. Habló pronto para pisotear la pausa.

―El doctor revisó la escena y declaró que había muerto por inhalación de monóxido de carbono.

            Higinio lanzó una risotada que mortificó al sacerdote.

―El doctor Gonzalo Guzmán es el médico más mediocre que he conocido. La gente de San Antonio no muere más joven porque el aire de mar es milagroso. El detective es otro incompetente. El mayor error de todos ellos, es creer que aquí un asesinato sea una imposibilidad.

            Padre Alejandro no pensaba que hubiera crimen. Él pudo llegar a la escena cuando el detective llamó para decirle que Luna Estrella había solicitado su presencia. Era la primera vez que ella pedía hablarle en veinte años.

            El cura llegó hasta la casa, a la cual no había entrado desde adolescente. Era una casa pequeña de dos habitaciones, un baño mínimo, un cuarto de lavado, un espacio que combinaba sala, cocina y comedor, y una marquesina con puerta que conectaba al espacio común. El pueblo de San Antonio había crecido sin proyección urbana, las casas estaban regadas como hongos, surgían donde se encaprichaba el dueño. La casa pertenecía a la familia de Luna Estrella, y Bravo se había mudado allí dos años antes.

Los vecinos, que consideraban la acción policiaca un fenómeno de televisión, se acercaron para apreciar el movimiento: agentes de justicia, el médico, la viuda y otras personas entrando y saliendo de la residencia. El pueblo razonaba que esta curiosidad era aceptable y no existía pizca de disimulo. El sacerdote, acompañado de un policía, caminó hasta la entrada. Su corazón latía frenético ante la posibilidad de hablarle a Luna Estrella. Podía sentir todas las miradas sobre él, y sintió la vibración del murmullo lejano.

            Cuando entró, le invadió un fuerte olor de lirios y rosas. Luna Estrella estaba de espalda, hablando con el Doctor Guzmán. Padre Alejandro sintió tragar un buche de electricidad. Su corazón agitaba tan veloz que los latidos no se percibían, parecía detenido. Luna Estrella tenía un poco más de peso, como era esperado, pero aún lucía una figura acentuada de mujer. Estaba cubierta con un vestido de flores, un gusto que nunca había superado ni tenía necesidad de vencer. Tal parecía que su prenda era la responsable de la fragancia en el aire. Su cabello estaba más corto, un poco por debajo de la nuca, un sacrificio incomprensible de las mujeres que declaran a cierta edad que el cabello largo es para jovencitas.

            Padre Alejandro consideró largarse y después inventar un pretexto, pero como si ella lo hubiese presentido, Luna Estrella se volteó y lo miró a los ojos. Ella no sonrió –no era el momento para sonreír– pero Alejandro juraría, o quería creer, que la alegría de verle se desbordó en la mirada.

            Cuando Luna Estrella se acercó, Alejandro fue invadido por un miedo inútil. No sabía si anticipar un abrazo o un beso afectuoso de amigos. Su ansiedad era precoz. Ella le tomó del brazo, no como una pareja de cita, sino como alguien que ayuda a un desorientado, y le llevó hasta el sofá.

            El doctor Guzmán se salió del paso. Entonces, Alejandro vio el cadáver de Santiago Bravo. Estaba acostado en el sofá, su figura ligeramente torcida, la piel rojiza, su cuerpo desnudo con una pequeña toalla que alguien, por pudor, colocó entre sus piernas.

―¿Qué pasó? ―Se limitó a preguntar.

―Muerte por monóxido de carbono ―explicó Guzmán, para molestia de Alejandro, quien quería charlar con Luna Estrella―. Anoche debe haber llegado borracho, ya que tiene residuos de vómito dentro de la boca. Se acostó en el sofá y no apagó el carro en el garaje, bien sea por descuido o intención.

―¿Por qué habría de ser intencional? ―Intervino molesta Luna Estrella.

―No sé ―respondió desganado Gonzalo Guzmán―. El fiscal decía que nunca puede descartarse el suicidio, sobre todo, por el método usado.

―Dígale hace cuánto murió ―pidió Luna Estrella.

―Pues aún no tiene rigidez, así que debe llevar menos de tres horas. Si los vecinos llamaban un poco antes a la policía, a lo mejor lo encontraban vivo.

            Luna se dirigió a Alejandro. Le puso una mano en el brazo, y casi lo derriba con el toque.

―Menos de tres horas. Puedes hacerle la unción.

            El Padre Alejandro explicó que lo lamentaba, pero los sacramentos son para los vivos. Luna Estrella dijo haber escuchado que el alma se mantiene dentro del cuerpo unas dos horas después de muerto, así que por tanto existía la posibilidad de salvar la eternidad de Santiago Bravo.

―Podemos rezar por el descanso de su alma ―ofreció el sacerdote.

―¿Me estás diciendo que no le harás la unción?

―Ya es tarde.

―Entonces fue mala idea llamarte.

            Sin despedirse, Luna Estrella se acercó al detective y al fiscal que conversaban en un rincón retirado.

―¿Nos falta mucho para terminar el curso prematrimonial? ―preguntó Gonzalo Guzmán, en un intento por apaciguar la incómoda escena.

            El Padre Alejandro no tenía interés en charlar sobre la cercana boda del médico con Siris, la hija del controvertible juez Toledo.

―Sólo un par de sesiones. Gonzalo, si me permite unos minutos, voy a rezar por el muerto.

Gonzalo se retiró, y Padre Alejandro, en un momento de distracción, se quedó observando un escaparate con una colección de muy mal gusto: cuchillos y puñales de todos tamaños, formas y colores, cada uno en una base plástica, como si se tratara de una vajilla en exhibición.

Siempre detestó esa colección. El padre de Luna Estrella era un hombre manso, que pretendía opacar su fragilidad mostrando afinidad por temas bruscos y violentos. La colección de puñales destacaba en su sala como una advertencia a los visitantes. Alejandro nunca se sintió intimidado, pues la colección le parecía infantil, y hasta absurda. Había una daga medieval con mango de marfil, que muchos insistían que era una réplica, pero el padre de Luna Estrella se negaba a aceptar como falsa. Un enorme puñal usado por el ejército estadounidense durante esos años en Vietnam, desproporcionaba el balance de la exhibición. El artefacto que más le enorgullecía era una daga que había pertenecido a un oficial alemán durante la Segunda Guerra Mundial, y el cual lucía el diseño de la esvástica donde el cabo se acercaba a la navaja. Muchos lo consideraban como una admiración al nazismo, pero esto causaba tal agitación en el dueño de la colección que todos desviaban el tema porque, si hay una ley inviolable de esta vida, es que nunca debes mortificar a un fanático de las armas.

La vista del Padre Alejandro cayó en un puñal dorado, el cual no recordaba, por lo que concluyó que era una adición posterior a sus tiempos en la casa. El arma tenía un extraño dibujo en su mango, pero su atención la robó el reflejo en las puertas de cristal, donde distinguió el vestido de flores. De nuevo sintió el golpe de olor, como si la olfatease por los ojos, pero pudo corroborar que el efecto se debía a un ramo de jazmines y rosas en medio de la mesa del comedor.

“A rezar, Alejandro” ―se dijo el sacerdote.

            La oración era un refugio de sanidad para mantener la pulcritud de su alma de sacerdote. Cuando su mente se descarriaba a recuerdos apasionados o imaginaciones de lujuria con Luna Estrella, el sacerdote oraba con intensidad, como acallando su mente con el sonido de la oración. Se arrodilló frente el sofá, entrecruzó sus dedos, cerró los ojos, y bajó su cabeza.

            Padre Nuestro que estás en los cielos y tú Luna Estrella que estás en la esquina de mis ojos dándome tu espalda de rechazo, la cual quisiera que volviera a ser mía, para pasear mi boca como un ciego descubriendo tu silueta, santificado sea tu nombre y cada vez que escucho tu nombre siento mi cuerpo tomar vida propia sin estorbo de mi voluntad, vénganos tu reino y no hay reino como tus besos, hágase tu voluntad así en la tierra como en los cielos, porque sin ti no vale estar en la tierra y por ti perdería el Cielo, y danos hoy nuestro pan de cada día, la única comida que necesito es tu piel y alimentarme usando los ojos, las manos, la boca, y perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden y mis pensamientos no debieran ofenderte, así que pido perdón de Dios pero jamás pido el tuyo, y no nos dejes caer en tentación, porque eso eres toda para mí aún en ausencia, y líbranos del mal, amén.

            Padre Alejandro estaba frustrado por su incapacidad para orar, y decidió retirarse para ganar concentración. Aunque dejó saber que se marchaba, Luna Estrella no se despidió.

            Las autoridades lo declararon muerte accidental. Algunos en San Antonio especularon que se trataba de suicidio, pero que la versión del accidente ofrecía una mejor imagen para el fallecido. Nadie había sugerido que Santiago Bravo fuese asesinado. Al menos, no hasta ahora.

―¿Por qué insiste que fue asesinado?

―Porque fui esa noche a la casa.

―¿Entró sin autorización?

―Sí. No podía con la curiosidad. Cuando escuché que Santiago Bravo, quien me parecía un hombre inteligente, había muerto asfixiado por los gases de un carro, me resistí a creerlo.

―Todos estamos sorprendidos, pero la vida está llena de misterios.

―Antes que me lo diga, yo sé que Dios actúa de maneras misteriosas; pero el hombre no. Pensé lo mismo que muchos: “Ese pobre hombre se quitó la vida”. Hasta que escuché que estaba desnudo.

            Padre Alejandro estuvo a punto de preguntar: “¿Eso que tiene que ver?”, pero no quiso parecer tan interesado en las teorías de Higinio. El asesino reformado brindó una pausa esperando la pregunta, y al enfrentarse con el silencio, siguió llenando el espacio.

―Los suicidas siempre tienen ropa puesta. Saben que alguien los va a encontrar, y no desean estar desnudos cuando eso ocurra. Así de estúpida es la gente: que me encuentren sin vida, pero no sin ropa. Hace muchos años me llamó un buen cliente, que estaba desesperado, que había cometido un disparate y quería que lo ayudara a corregirlo. Cuando llegué a su casa me llevó hasta la bañera y allí estaba su esposa muerta, una mujer encantadora que le había dado tres hijos bien encaminados. Una vez que completó su papel de criadora, anunció que no deseaba seguir en ese matrimonio. Mi cliente se puso violento, ella se defendió como pudo, pero de un golpe la dejó inconsciente. Entonces la llevó a la bañera, la llenó de agua, y la ahogó antes que pudiera recuperarse del azote. Ahora quería que le ayudara a hacerlo lucir como un accidente, que se cayó y perdió el sentido hasta ahogarse. Le ordené quitarle la ropa, para que pareciera que se estaba bañando. Entonces dijo que eso jamás, que no iba a desnudarla frente a mí, que no iba a permitir a las autoridades verla sin ropa.

―¿Qué hiciste?

―Lo maté. Lo decidí desde el momento que me describió el daño hecho a su esposa, pero me detuve cuando pareció arrepentido. Cuando demostró que más le importaba la desnudez de su esposa que la magnitud de su atrocidad, decidí matarlo. Le obligué a desnudarse, y lo hizo llorando, rogando que lo dejase morir con la ropa puesta, pero tan pronto quedó sin tela sobre su piel, le rompí la nuca.

            Padre Alejandro sentía una fascinante intriga por estas historias de Higinio Librado. El bochornoso morbo humano se combinaba con su interés por las reflexiones del asesino. En una ocasión Higinio se lo explicó de esta manera: La gente no tiene deseos de vivir, y por eso no le importaba matarlos. Cuando les anunciaba que iba a asesinarlos, sus víctimas rogaban por vivir, y ahí Higinio les pedía una razón para no matarlos, y la respuesta era la misma: “No quiero morir, no quiero morir”. De aquí, Librado concluyó, según le confesó varias veces al sacerdote, que “la gente vive más por no morir que por vivir”.

―No tiene que ser suicidio. Pudo quedarse dormido.

―Logró quitarse la ropa, así que no fue como que llegó y quedó dormido en el acto. ¿Por qué no apagar el carro? Las dudas me hicieron entrar a la casa.

―¿Qué buscabas?

―Me interesaba la puerta que conecta del garaje a la casa. Hay que usar una llave.

―Muchas casas tienen cerradura por si alguien llega a meterse al garaje, no logre pasar a la casa.

―Tenía que asegurar que éste era uno de esos casos, porque ésta es mi curiosidad: si las llaves de la casa están en el mismo llavero del carro, significa que tuvo que apagar el carro para entrar a la vivienda.

―A menos que fueran llaveros diferentes.

―Que no lo eran, porque después de estudiar la escena, dejaron el llavero en el carro, y pude revisarlo. No encontré otro llavero en la casa.

―Estoy aún sorprendido de que haya entrado a revisar.

―No se puede ser asesino profesional sin dominar el acceso a cualquier vivienda o vehículo. Mi oficio también exigía estudiar todos los detalles del lugar para el trabajo. La casa de Santiago Bravo es perfecta: los vecinos quedan alejados, y el patio conecta con un terreno empinado por el cual es fácil entrar o salir sin ser visto. En poco menos de dos minutos de atravesar matorrales y árboles, llegas a un camino poco transitado donde es fácil dejar un vehículo oculto en la maleza. Matar a Santiago debe haberle sido fácil.

―¿Qué tengo que ver en todo esto?

―Alguna gente de San Antonio recuerda su noviazgo con la esposa de Santiago Bravo. La mayoría le resta importancia porque ustedes eran adolescentes.

―Tienen razón, era un asunto de jovencitos, algo inocente, está en el pasado. Ya somos adultos, yo entré al servicio del Señor, y Luna Estrella se casó.

―¿No tenía celos de Santiago Bravo?

            ―No, claro que no. El Señor…

―Ya, ya, dejemos eso para después. No estamos hablando de Dios, estamos hablando del hombre, que sabemos que no es lo mismo. Usted estuvo en la casa de Santiago Bravo.

―¿De qué hablas?

―Mire lo que encontré.

            Higinio abandonó su mitad del confesionario, llegó hasta la mitad del sacerdote, y abrió la cortina. Metió la mano en el bolsillo y sacó un broche. La pieza era plateada, con la forma de un ave en vuelo que brillaba con piedras de suave blanco.

            El sacerdote sintió morir.

―Atrás tiene un grabado.

            Alejandro lo recordaba bien. Tuvo la breve esperanza de que no hubiera nada, que resultara ser un broche parecido. Viró la pieza y pudo verla, igual desde el día en que la encargó:

“Para L.E. de tu Gallo”

―Estuve en la biblioteca del pueblo ―continuó Higinio―. Conseguí el anuario de su clase graduanda y encontré que a usted le llamaban “Gallo” cuando era estudiante.

            Alejandro Cordero detestó por mucho tiempo ese nombre, el cual ganó por la crueldad de su prolongado cambio de voz durante la adolescencia, que lo condenó a varios años de fallos cómicos al hablar. Luna Estrella acogió el nombre con afecto, refiriéndose juguetonamente a “mi Gallo”, y le coqueteaba en la soledad diciendo “yo soy tu gallinita”. Ahí Alejandro aceptó y hasta adoró su apodo, y hubo quienes bromearan con referirse a él como “la granja humana”, pues le llamaban “Gallo Cordero”.

―Esto es de Luna Estrella, en todo caso. Además, su esposo vivía allí. No hay nada raro en eso.

―Los jovencitos suelen devolverse los regalos cuando rompen. ¿Ella conservó esto, con su dedicatoria, aun contrayendo matrimonio? Quizás seguía enamorada de usted y lo mantuvo a escondidas.

―No piense así ―respondió Padre Alejandro, emocionado con la sugerencia―. Cuando transformamos nuestras emociones, los objetos asociados pierden su valor. Para ella ya no representaba un romance, y no había falla en conservarlo. En la Biblia nos dice que…

―Ya, ya, ahora no, Padre. Sólo recuerde que, supuestamente, Santiago vivía en esa casa hace años porque se había separado de Luna Estrella. Entonces, ¿cómo pudo dejar esto detrás de un gavetero? Debe ser que se seguían viendo. ¿No le causa celos?

            Padre Alejandro no lo describiría como celos: era rabia demente e irracional.

―Aunque estuvieran separados por problemas, seguían siendo esposos ante Dios.

―No hay manera, usted no se sale de su papel de sacerdote. Sólo le quiero compartir una nueva consideración.

―¿Cuál? ―preguntó sin lograr contener la curiosidad.

―Si fue ella quien conservó la prenda, entonces su amor de juventud mató a ese hombre.

Higinio cerró la cortina y se marchó.

            El sacerdote se quedó sentado en las sombras del confesionario. Acercó el broche a los rayos de luz que se colaban por la rejilla, y se puso a jugar con el brillo mientras giraba la pieza.

            Le había regalado la prenda a Luna Estrella tres meses antes de romper. Jugaban a declarar qué animal les gustaría ser, y ella no escatimó en responder, sin duda alguna, que sería una gaviota. “Vuelan los aires y disfrutan los mares” –explicaba ella de manera sencilla– “No se puede aspirar a más”.

            Luna Estrella es una hermosa gaviota. No asesinó a su marido.

            Eso es un disparate.

            Ella no es capaz.

            Tiene que haber sido un accidente.

            Y si no lo fue, hay que callar las sospechas de Higinio.

            Porque la acusada sería ella.

            Confundido, el Padre Alejandro decidió hacer una oración.

            De nuevo, Luna Estrella le arruinó sus oraciones.

***

            Esa noche, Padre Alejandro colocó el broche en su mesa de noche. Lo miró un rato, y decidió mejor ocultarlo en una gaveta. Apagó la luz y estuvo rezando hasta que logró dormirse.

            Entonces, como lo ha hecho cada noche durante los últimos veinte años, soñó con Luna Estrella.

                          Capítulo 2

―Quiero flotar.

Miraban el cielo. El manto azul estaba salpicado por nubes de blanco puro, y chiringas elevadas por parejas y familias reunidas en el vasto espacio de verde grama, que alfombraba los terrenos alrededor del viejo castillo español que miraba al mar. Acostados con sus espaldas contra la grama, escuchaban la melodía del oleaje, arrastrada por la brisa.

Luna Estrella repitió exigente:

―Quiero flotar.

Alejandro sintió temor al escuchar esas palabras.

―No es buena idea.

―Es la mejor idea ―respondió ella mientras se paraba.

            Alejandro la miró. Luna Estrella estaba jovencita, como cuando eran novios, pero vestía el traje de flores reciente. Ella extendió sus manos hasta enredarse con las suyas, y le ayudó a levantarse.

―Hay mucha gente.

―No existe nadie más que nosotros.

            Como si arrastrara una cometa para elevar, Luna Estrella corrió descalza por el césped. Alejandro le seguía, primero por no caer, después para conservarla cerca. Alcanzaron la velocidad del viento, parecía que se estrellarían contra el fuerte español, el peso de sus cuerpos se desvaneció, y dejaron de sentir el suelo bajo sus pies.

            Se elevaron por los aires. El verde se alejaba y el azul se acercaba. Podían ahora apreciar el paisaje del mar azul oscuro que se extendía hasta tocar el cielo.

            Luz Estrella miró fijamente a Alejandro, intentando leerlo.

―Estás nervioso, y no es la altura.

Sin mediar palabras, ella le apretó fuerte una mano, trató de arrastrarle por los aires, pero al sentir la resistencia de su hombre, le soltó la mano, le miró dando una corta despedida, y se fue volando.

Luna Estrella se deslizaba como dueña de las brisas, ignorante de la gravedad, ave sin alas que se escurría por los aires como un pez en las aguas. Alejandro no resistió su ausencia y le siguió; primero con torpeza, pero pronto con igual gracia, hasta que la alcanzó en el espacio en que retozaba, haciendo piruetas alrededor de las cometas.

Cuando llegó a su lado, ella le acarició el cabello y le dirigió la vista hacia las personas en la grama.

―Recuerda: nadie sabe que existimos.

Alejandro le pasó la mano por la cintura y la pegó contra su cuerpo. Riendo, dieron dos vueltas de baile. Luna Estrella se desprendió y voló en dirección al mar. Él le siguió sin titubear.

Se elevaban mientras se alejaban de la costa. Ella se detuvo y, flotando como un ángel, señaló en una dirección para que él mirara.

El fuerte español lucía omnipotente y vivo, como una foto de calendario. Era una pesada criatura adormecida, cubierta con una capa gris y marrón de piedra deteriorada por los siglos. Detrás del castillo se ampliaba el terreno de grama verde profundo.

―Es lo más hermoso que he visto ―dijo Alejandro.

  Luna Estrella viró su rostro para disfrutar su expresión, y entonces descubrió que cuando Alejandro dijo esas palabras, la estaba mirando a ella.

―Gallo tonto ―dijo ella antes de quedar hipnotizada mirándole durante varios minutos.

            Entonces, con una lentitud calculada para desesperar, pasó las manos por sus hombros, para desprender el vestido de flores, el cual el viento se llevó. Quedó desnuda en los aires.

            Alejandro se deshizo de sus ropas. Unas gaviotas volaron entre ellos, como si tampoco se percataran de su existencia. Ya desnudos, se abrazaron y se fundieron en un largo beso, con el cual comenzaron a descender como un globo de helio que ha perdido su fuerza.

            Dejaron de descender como a un metro sobre el mar. Alejandro pasó el brazo por detrás de la cintura Luna Estrella, quien se dejó caer hacia atrás, hasta que ambos quedaron horizontales, flotando en una cama invisible de aire. Bajo ellos el mar estaba tan trasparente que se podían apreciar peces de colores inexistentes, que se movían entre la superficie y el alejado fondo de corales brillantes.

            Se amaron dando vueltas para intercambiar paisajes. A veces estiraban una mano juguetona para tocar el mar y mojar el cuerpo del otro, para saborear el agua salada en sus labios. Ya el mar no sonaba, las olas estaban lejos. Sólo había brisas y jadeos.

―Te amo. ―llegó a decir uno.

―Yo te amo siempre y para siempre ―respondió el otro.

***

Padre Alejandro despertó. El sueño había sido más vívido que noches anteriores. No lo sabía, porque los sueños son majaderos y se pierden en el olvido al despertar, pero cada noche de las pasadas dos décadas las había pasado con Luna Estrella.

En mejores días, como el de hoy, el sueño se quedaba en su memoria con todos sus detalles. No sentía remordimiento, pues nunca se ha dicho que se puede pecar en los sueños. Para Padre Alejandro, los sueños son fenómenos de Dios, y estos sueños eran el único consuelo que Dios le permitía.

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Un buen pecado (Spanish Edition): Méndez, Alexis Sebastián: 9798535883151: Amazon.com: Books

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