Choliseo pandémico

 

La vida misma

Choliseo pandémico

                                               Por: Alexis Sebastián Méndez

Los conciertos están de vuelta en el Choliseo, porque la pandemia ya terminó, según la versión de los vacunados. Y según los no vacunados, la pandemia fue fabricada en un laboratorio de China, bajo las órdenes del Chupacabras (quien, según teoristas de conspiración que piensan que hay teoristas de conspiración que se traen una conspiración contra los otros teoristas de conspiración, en realidad se trata de Elvis Presley).

¿Cómo son los conciertos en medio de este terreno gris, en donde ya no hay pandemia, mientras sigue la pandemia? Todo es tan turbio, que los miembros de la banda Cultura Profética, quienes se oponen a las vacunas, van a ofrecer un concierto solo para vacunados. Para mí, es como si Danny Rivera cantara en una asamblea de estadistas.

Estoy divagando. Regreso a lo que vine: A reportarles, de manera seria y profesional, cómo lucen los conciertos en este confuso período. Para ello, fui este fin de semana a los conciertos de Cristian Castro (hijo del ex presidente cubano) y del llamado Puma (dueño de cientos de gasolineras en Puerto Rico).

Les dejaré saber primero lo que no ha cambiado. Para eso usaremos el concierto de Cristian Castro.

Lo que no ha cambiado: El público.

En el concierto de “la mejor voz de México siempre que Luis Miguel no se entere”, pude constatar que seguimos con los siguientes asistentes:

  • Las  que se paran a cantar aunque todos estén sentados

Puede identificarlas rápido, porque se sientan en una de las tres filas justo al frente suyo. Entre ellas se destaca “la que hace mímica apasionada de la canción mientras la actúa para sus amigas y contiene la risa, pausando solo para “selfies” que sube a las redes”. También se le conoce con el nombre corto de “la más pendeja”.

  • La que no fue a ver el concierto

Esa la puede encontrar sentada a su lado.

Vean mi terrible caso.

Aprovecho, para antes, traer una sugerencia de mejora. Si alguien va a comprar asiento en arena, hay que pedirle su identificación, su tarjeta de vacunación y, más que nada, el ancho de su culo. Ya cuando ella pasaba por la fila, pude comparar su trasero contra las sillas de la fila del frente. Su fondillo eclipsaba un par de asientos.

Así que ocurrió lo que manda la física: Cuando se sentó en su asiento –que era el quedaba a mi lado izquierdo– sus nalgas se desparramaron, como cuando uno deja caer la bola de masa de pancake en el sartén. De pronto, un maremoto de carne de nalga me empujó hacia al lado, y casi me echa al pasillo, el cual se encontraba a cinco asientos de distancia.

Por fortuna, el peso que he ganado durante la pandemia, me ayudó a anclarme a mi puesto, pero la experiencia se sintió como si me reventará un “air bag” por el costado. Una vez que se estabilizó el sismo, ella se preparó para consumir lo que había traído consigo.

Eso es parte de la experiencia de concierto. Nosotros tomábamos sangría; no porque nos apeteciera, pero porque es agradable compartir una bebida durante el concierto. Otros comían “pop corn”, lo no me parece apropiado para un concierto, pero presumo que el Choliseo tiene que salir de las sobras de “Disney on Ice”.

Mi vecina de asiento sacó unas papas majadas con “gravy”.

Nota: Para apalear las papas hacia su boca, tenía que usar su brazo derecho. Por eso me he tardado en escribir esto: Me disloqué el hombro izquierdo.

Después de rematar con “pechu pops” (en salsa agridulce), dedicó el resto del concierto a mirar su redes en el celular, el cual mantenía en su muslo, con la luz apuntando hacia mí (yo lo resolví tapando mi ojo izquierdo con un “corn nugget” que encontré en el piso).

La cosa es: ¿quiénes son esta gente que van al teatro, cine y conciertos, para mirar las redes, algo que puedes ver gratis en otro momento? ¿Qué puede ser tan urgente e interesante? (“Mira esta foto… qué pendeja se ve esa muchacha haciendo como que canta… ¡Ja! Se parece a la que está tres filas al frente, ¡hasta están vestidas igual!”)

  • Los chistosos

Estos se sientan detrás de ti. Son tan graciosos, que gritan sus comentarios, para que puedan ser escuchados por quienes vinieron al concierto por equivocación, y en realidad querían ir a un “stand up”.

Ejemplos:

Cristian: “Ahora voy a interpretar algo de Juan Gabriel”

Gracioso 1: “¡Una mariconería!”.

Cristian: “Un momentito…” (bebe de una botella de agua)

Gracioso 2: “¡Eso es un palo de ron!”

Les juro que esos fueron algunos de sus chistes. Nadie se reía, ni siquiera sus parejas (Nota: los dos varones no estaban sentados uno al lado del otro, sino con sus parejas en el medio, y ellos se la pasaban compartiendo sus comentarios por encima de las pobres, quienes no dudo que esa noche comenzaran una relación lesbiana).

         En mi imaginación, me viraba y les decía:

Yo: “Disculpen que opine, pero ustedes debieran seguir los pasos de Luis Raúl”

Ellos: (sorprendidos) “¿Meternos a comediantes?”

Yo: “No. Morirse.”

Así que, ya saben que el público sigue igual. Lo que ha cambiado durante la pandemia, se destacó en el concierto del “Puma”.

Primero, debo mencionar el estacionamiento al frente del Choliseo. Tuve que pagar doce dólares por el parking. Nunca he pagado eso en Puerto Rico. Y te hacen aparcar en orden. Faltaba que las secciones del estacionamiento tuvieran nombres como “Minny” o “Goofy”.

Pero vamos a los cambios por la pandemia.

El concierto del Puma estaba supuesto a comenzar a las seis de la tarde del domingo. La asistencia fue muy pobre, porque su público usual, ya se ha tomado su Mutamucil de las cuatro de la tarde, y desde entonces no quieren estar muy lejos del inodoro.

Nos tuvieron como una hora fuera del Choliseo sin entrar (la fila era auspiciada por Dr. Scholl’s). Hasta nos regalaron botellas de agua, que nos podían servir para vaciarlas y orinar.

En la fila, todos estaban ansiosos, y como fui productor en el pasado, le comenté a desconocidos cercanos mi teoría: El Puma se había muerto.

Nota: Nunca pidan mi opinión en nada, porque siempre está la muerte envuelta. Por eso no estudié medicina.

Paciente: “Doctor Méndez, ¿qué piensa de esta roncha?”

Yo: “Cáncer. Va a morir.”

Pariente: “¡Insensible! Creo que es mejor que me vaya.”

Yo: “Lo va a matar un carro cuando salga”.

         La buena noticia es que El Puma estaba vivo. El problema había sido el siguiente: Algunos de los músicos, a pesar de tener prueba negativa de COVID, no habían recibido la segunda dosis de vacuna, así que por tanto -¿preparados?- había que separar al público con “distanciamiento social”.

         Por eso es que la gente ya se caga en los protocolos (sobre todo, los que tomaron el Metamucil y aun así fueron al concierto). Si el público está vacunado, ¿qué efecto puede tener que esté a seis pies de otro fanático, cuando quien no está vacunado está en la tarima a cien pies de distancia? La única justificación sería: para evitar que fuéramos tan charros de hacerle caso al Puma cuando cantara “agárrense de las manos”.

En fin, el público no ha cambiado, pero las condiciones para ver el concierto sí se han transformado con la pandemia.

Así que, al final, regresé a mi carro, reflexionando tres asuntos:

  1. En tiempos de tanta tensión, se necesita de los artistas y la música; debemos facilitar más actividades de este tipo, de manera segura, y accesible a todos.
  2. La protección por la pandemia debe ser un asunto de sensibilidad y raciocinio; no de meras normas inflexibles.
  3. ¿Me estacioné en Pato Donald o en Pluto?

Alexis Sebastián Méndez ©

23 de agosto de 2021

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