Los sabios HP
Por: Alexis Sebastián Méndez
La vida te brinda sabios. Y si tienes algo de sabio, sabes reconocerlos.
La ruta fácil es juzgar por títulos o por fortunas acumuladas. Aunque ambas son admirables, los títulos universitarios son, en ocasiones, muestras certeras de la capacidad de memorización, persistencia y disciplina. Las fortunas acumuladas son fórmulas complicadas y variadas, que pueden incluir: suerte, avaricia, herencia, y hasta maldad.
La sabiduría, para mí, es la capacidad de entender la vida y alcanzar la felicidad. Habiendo tantas personas con título que parecen sufrir una indigestión con “drano”, y puesto que hay tanta gente con dinero que se comporta tan miserable, debemos considerar otros elementos.
He conocido sabios que recortan el cabello, trabajan en transporte público, venden baratijas, tienen trabajos asalariados simples. ¿Pero cuáles son los elementos comunes para identificar a un sabio?
Usando como referencia a los dos individuos que discutiré:
Usan gorra, y beben cerveza.
***
Una breve introducción, para ponerles en contexto.
En 1989 me gradué de ingeniería industrial y comencé a trabajar en Hewlett-Packard en Aguadilla (a la cual me referiré como HP; pueden hacer todos los chistes «hijos de puta” que quieran… solo los he escuchado 30 millones de veces).
La gente suele decir que soy una persona muy jovial, en el sentido de que me comporto como alguien quince años menor. Esto de “jovial” es una manera muy refrescante de llamarlo a uno inmaduro. Anyway, mientras que es un halago sugerir que me comporto en la actualidad como un hombre de cuarenta, en aquel momento –usando la misma conversión– significaba que me comportaba como un niño de ocho años. Aunque, en retrospección, puedo reconocer ese retraso severo, considero que es una exageración, porque cuando entré en HP, ya yo no me orinaba en la cama.
(Nota: estoy claro que acabo de confesar que me oriné hasta los ocho años, y claro que me da bochorno escribirlo, por eso no les diré que fue hasta los diez años).
Por fortuna, la compañía tenía el ambiente de trabajo más tolerante que jamás me haya cruzado. Trabajaba con las piernas sobre el escritorio, regalé –literalmente– una cabeza de puerco a un compañero, y no escatimaba de hacer despliegue de mi capacidad para el sarcasmo. Aunque es cierto que mis resultados hacían más tolerables mis desaciertos de conducta, nunca recibí una patada en el culo, porque iba contra la política de la compañía.
Lo otro que me ayudó es que, aunque no soy sabio, si tenía esa pizca de sabiduría para aprender de quienes lo eran. En HP, había varios.

***
Andy Abreu fue –no me percaté de esto hasta ahora que lo escribo– mi primer amigo en HP. Era compañero en el departamento de compras, y solíamos almorzar juntos. Por un lado, parecía disfrutar de mi manera de analizar las cosas. A mí me encantaba la capacidad de Andy para vivirse los chistes, fueran tontos o crueles. Me intrigaba su pasión por el Gallito de Manatí (nunca había conocido a un fan tan rabioso). Andy nunca hablaba mal de nadie, aún si la persona le había dado razones para merecerlo. Lo único que recuerdo que le causaba disgusto, era si en el restaurante había alguien limpiándose los dientes con un palillo, sin esfuerzo de disimulo.
Estos eran mis tiempos de “experto en cine”, y era mi tema incansable de conversación. Por tanto, Andy me dejaba saber lo que disfrutaba. Los lunes me contaba sobre la película que había alquilado en el club de vídeo. He aquí, en esta simplicidad, una de las lecciones que recibí.

***
Andy me pidió que adivinara la película que vio en el fin de semana.
Tras pocos esfuerzos, me dejó saber que se trataba de “Indiana Jones”.
Charlamos sobre los muchos méritos del filme.
El lunes siguiente repitió la adivinanza. Sin hacerse insistir, me dejó saber que vio “Back to the Future”. Excelente, es una de mis películas predilectas. Me encanta hablar sobre ese clásico.
El lunes siguiente, de nuevo: adivinar lo que alquiló en el fin de semana.
La respuesta: “Indiana Jones”.
Me sentí confundido.
“¿La segunda?”
“No. La primera.”
Bueno, me estuvo curioso, pero esto no es inusual en los amantes de una película.
A la siguiente semana, la respuesta fue “Back to the Future”.
Empecé a sufrir un “deja vu” mayor que el de Marty McFly.
Imagino que ya pueden predecir: El lunes siguiente fue “Indiana Jones”. Después “Back to the Future”. Era como una doble tanda atrapada en la secadora del tiempo y el espacio.
Un lunes, con cierta frustración, le cuestioné: “¿Por qué sigues viendo “Indiana Jones” y “Back to the Future”? ¿No se te ocurre alquilar otra cosa?
Andy hizo una mueca de sorpresa. No se sentía atacado: la expresión era como de desencanto, por tener que explicarme algo tan obvio.
“¿Para qué voy a alquilar otras, si ya sé que esas me gustan?”

***
Les juro que me quedé pasmado. Nunca lo había visto así.
La norma establecida es que, en la medida que fuera posible, tratáramos una película que aún no hemos visto. Lo mismo con los chistes, pero Andy era el tipo de persona que gustaba almorzar con otro compañero que cargaba chistes enumerados en una libreta. Andy pedía, por el ejemplo, el 47, y el amigo buscaba ese chiste y lo contaba (un borracho se guarda la caneca en el bolsillo trasero del pantalón, y por la juma se cae de culo; siente un líquido en las nalgas y empieza a orar: “–Diosito, te lo ruego: ¡Que sea sangre! ¡Que sea sangre!”). Andy reía, aunque hubiese repetido el número varias veces.
El punto es que, cuando me hizo la observación, me sentí estúpido.
¿Acaso cuándo vamos a comer, no pedimos más o menos lo mismo? No decimos “debo comer en otro sitio” o “se supone que pida algo diferente”. Si no queremos tomar riesgos al comer; ¿por qué tomarlo con un alquiler de película? ¿o con un chiste?
Por supuesto, todo extremo es dañino (por ejemplo, creo que es un fallo de viajero repetir varias veces un puñado de destinos), pero yo estaba cometiendo el error en la otra dirección. Ahora, quisiera dar atrás en el tiempo, y en lugar de alquilar películas como “Ghoulies” y “Death Wish 4”, hubiera repetido “Indiana Jones” y “Back to the Future”.
Nadie debe determinar lo que disfrutas, y cuántas veces lo disfrutas. ¿Quién tiene autoridad para establecer normas al respecto?
Desde entonces, he visto “The Blues Brothers” una docena de veces. ¿Por qué no?
***
Edwin Pabón fue uno de los primeros tres empleados para HP en Puerto Rico. Cuando pasé a trabajar como supervisor de producción, se convirtió en colega. Cuando se formaba alguna confusión donde muchos se incomodaban conmigo, Pabón se acercaba a darme consejos, sin aire de superioridad o de maestro, sino porque, sencillamente, identificaba que alguien necesitaba ayuda, y estaba dispuesto siempre a ofrecerla.
“Al cacique, cuando tiene hambre, primero dale comida” solía ser su consejo de supervivencia empresarial. Con esto quería decir que, si el jefe pedía algo, lo complaciera en lugar de perder tiempo y energía con explicaciones adversas. El cacique no quiere saber, en ese momento, si puedes conseguir la comida más fresca en otro sitio, o que si espera a la tarde es mejor, o que esa comida no es saludable. Quítale el hambre. Después le das tus consejos, para que use en otra ocasión. Con la barriga llena, te escuchará mejor. Lo mismo el jefe: Si pide una acción que no es la mejor (pero tampoco devastadora), pues cúmplela, y después recurres a “¿y si lo hacemos de esta otra forma?”
La lección más grande fue otra, y transformó mi vida.
No recuerdo las circunstancias, pero sí su enseñanza: “Nunca te digas que no; deja que sean los demás los que te digan que no”.
Esto lo vemos continuamente: “No voy a solicitar la plaza, porque de seguro que ya tiene nombre”, “No voy a sugerirlo, porque seguro me dicen que no”… hasta en la vida personal: “No la voy a invitar a salir, seguro que me rechaza”.
En todos estos casos, la persona fue quien se ha dicho “no” a la oportunidad. No han sido los otros.
¿Cuál es el miedo al “no”? Muy bien, solicitas algo, no te lo conceden. ¿Y qué pasa? Por lo menos, ya nadie puede decir que no has mostrado interés.
(Nota: Esto funciona también hacia otros, lo cual considero terrible. Por ejemplo, he estado en reuniones donde se discute una oportunidad para alguien, y alguno de los presentes dice “no va a querer, por tal o cual razón”… ¡eso le toca decidir a la persona!)
Bueno, si me están leyendo, o se considera mi lector, es gracias a Pabón.
Cuando se anunció la creación de Primera Hora, decidí solicitar como crítico de cine.
Quien era mi esposa, intentó disuadirme. No por negatividad, sino para evitarme un desencanto. Había motivos para anticipar un desenlace negativo: No he estudiado comunicaciones o cine, y esto era un proyecto de los Ferré-Rangel. “Eso es de la gente de El Nuevo Día, De seguro ya tienen a alguien” me señaló con certeza “Te van a decir que no”.
“Pues que me digan que no, pero que me lo digan ellos” declaré, recordando la lección de Pabón y confiado en que, aunque no tenía estudios formales, mis tres décadas como fanático y lector del tema, más mi dominio en narración, me permitirían ofrecer un buen desempeño.
Tiempo después, era el crítico de cine para Primera Hora. El editor me permitió usar sarcasmo en mis escritos, lo cual captó el ojo del director, por lo que me creó la sección “La vida misma”, donde llamé la atención de productores, que han resultado en proyectos de teatro, cine y televisión. Aquí nació mi carrera de escritor.
(Nota: Aunque nunca lo he podido corroborar, sospecho que fui escogido como crítico de cine porque no había otras alternativas…. Seguramente, gracias a muchas personas pensando “ya deben tener a alguien… me van a decir que no”).

***
Nunca le di las gracias a Edwin Pabón. Se retiró poco después de aquel consejo.
Pabón estaba en edad madura, pero lucía joven para retirarse. Le cuestioné, y pareció cansado con la pregunta.
“Ustedes se creen que uno lo coge todo a relajo. Me he preparado bien para retirarme” –me dijo.
Le pregunté qué pensaba hacer.
“Pescar. Voy a pescar todos los días” explicaba con una sonrisa, como si saboreara un momento por el cual había esperado ansioso.
Unos cuatro años más tarde, yo era gerente de manufactura en una ampliación de HP, y pasando por una línea de empaque, veo a Pabón.
Lo saludé emocionado de verle. Me dejó saber que surgió una oportunidad para supervisor a través de una agencia de empleos temporeros, y que aceptó la posición.
“¿Qué pasó con pescar todos los días?” le pregunté.
“Estoy ‘jarto’ de pescar” me dijo con una repugnancia, que parecía que, de tan solo escuchar la palabra, deseaba vomitar un mero.
Digo, esa no es una lección que todavía me toque usar, pero todos tenemos que procurar tener diversidad de opciones para nuestro esperado momento de retiro.
Como le llegó a Andy.
***
Abandoné HP hace más de quince años, pero mantengo contacto con algunas de las amistades creadas, como Andy. Aunque apenas hemos coincidido en persona desde entonces (y ha sido de manera accidental), Andy me pidió que fuera parte de su celebración: Se retiraba del mundo laboral. Acepté ir a la fiesta, en su casa en Isabela.
Allí me encontré a Pabón. Jamás le había dicho sobre su impacto en mi existencia.
“Qué bueno que te veo. Por años he querido agradecerte sobre cómo afectaste mi vida”.
“A ver con qué viene a joder éste” fue su respuesta ante el grupo.
Compartí la historia que acabo de contarles. Andy se acercó al grupo y hablé sobre las películas. Había presente un pasado jefe, y varios ex compañeros de trabajo. Estaba muy contento de verles. Me sentía agradecido de todos los que trabajaron conmigo, a pesar de lo difícil que podía llegar a ser.
No dejé pasar la oportunidad. Aproveché para reconocer que en ese tiempo yo era muy jaquetón y arrogante (bueno, al menos mucho más que ahora, pero -por suerte- hace unos años pasé por “la rueda de abajo”, y eso suele rectificar esos equívocos), y que apreciaba la paciencia que me habían mostrado.
Voy a confesarles que esperaba algún “caramba, no digas eso”, o un “tampoco es para tanto”. Digo, siempre cabe la esperanza de que su percepción no fuera esa. Pero nadie me dijo que “no” (irónico, ¿no creen?). Fue algo así como cuando uno dice “Me he puesto gordo”, y nadie hace esfuerzo por corregirte. Anyway, no todos se quedaron callados. Doris, quien fue colega compradora durante mis primeros años en HP, rompió el incómodo silencio:
“En verdad, cuando empezaste, eras un comemierda”.
***
Sabía que me alegraría si compartía con un grupo de ex compañeros de trabajo, pero no sospechaba que mi felicidad fuera tanta.
Son demasiadas las personas a quienes debo algún tipo de agradecimiento nunca dado. Muchas veces no nos percatamos del favor que hemos recibido hasta mucho tiempo después. Esta sabiduría, suele llegar a destiempo.
No soy sabio, pero aspiro a ser sabio. Lo que se requiere es aprender de los demás, aceptar nuestros errores, perdonarnos por ellos y tomarlos como parte del crecimiento personal, reconocer la importancia de otros en nuestra vida, mostrar gratitud y, ya saben, usar gorra y beber cerveza.
Ahora, si me disculpan, voy a ver “The Blues Brothers”.

Alexis Sebastián Méndez ©