El capítulo del Cerro Maravilla

La mayor satisfacción como autor de la novela “La noche que renunció Ricky”, es escuchar de lectores que me indican haber aprendido mucho de historia de Puerto Rico con este libro. Aprovecho la fecha de hoy para brindar un resumen del evento conocido como “Cerro Maravilla”, tomando un extracto del libro. Para aclarar, cuando se menciona a un grupo llamado “Los Plomeros”, se refiere a un grupo de ultraderecha ficticio creado para mi novela.

***

Fue un 25 de julio.

El año era 1978. ​

Carlos Soto Arriví, Arnaldo Darío Rosado y Alejandro González Malavé eran independentistas activos del Movimiento Revolucionario Armado, uno de los muchos grupos nacionalistas improvisados durante los años 70. Soto Arriví y Darío Rosado desconocían que González Malavé era un agente encubierto de la Policía de Puerto Rico. Los dos jóvenes no tenían razón para sospechar; en fin, González Malavé fue quien originaba las ideas de ataques, conseguía las armas, y los convencía a participar en sus planes de lucha por la libertad de Puerto Rico. ​

El plan era destruir unas torres de comunicación de la policía que se encontraban en una montaña conocida como el Cerro Maravilla, en el Bosque Estatal de Toro Negro. El trío secuestró a un taxista de nombre Julio Ortiz Molina. El agente secreto le ordenó entregarle el control del volante, y lo llevaron hasta el destino final. Uno de los jóvenes sugirió que dejaran al chofer libre cuando ya se acercaban a las torres, y Malavé cometió el desatino de oponerse, pues decía que estaban atrasados.

Todo ese tiempo, un carro con policías les había estado siguiendo. Escondidos entre la vegetación cerca de las torres del Cerro Maravilla, esperaban otros agentes policiacos. Los dos jóvenes no tendrían oportunidad de escapar. ​

Tampoco tendrían oportunidad de ser arrestados. ​

El plan era que no bajaran con vida. ​

Ya un comandante de la policía había dicho que no debían regresar vivos de la montaña. ​

Cuando llegaron al lugar de las torres, el trío se bajó del vehículo del taxista y comenzaron a prepararse para el ataque. En ese momento aparecieron los agentes, y sin dar aviso, comenzaron a disparar, causando un breve intercambio. González Malavé resultó herido. Soto Arriví y Darío Rosado se escondieron en la maleza. Pronto se percataron que no tenían oportunidades de vencer, así que lanzaron sus armas y se rindieron. La policía les ordenó acostarse en el suelo de piedrilla y barro. Ya no representaban peligro alguno. ​

Ortiz Molina se había acostado en el asiento delantero de su taxi tan pronto escuchó el tiroteo. Un agente le ordenó bajarse del vehículo. Aún nervioso, no quiso moverse, sino explicar que solo era una víctima. El policía amenazó con acribillarlo. Cuando salió del vehículo, intentó aclarar su envolvimiento allí, pero fue golpeado con la culata de un rifle. Cayó en el suelo cerca de los jóvenes. Mientras era golpeado, uno de los jóvenes independentistas rogó: “El señor es inocente, por favor, no le hagan daño al señor, que él no tiene nada que ver con esto”. ​

Mientras, un agente se llevó a González Malavé para recibir ayuda en un hospital. Llegaron más policías. Soto Arriví y Dario Rosado, rodeados por agentes con armas largas, recibieron insultos, golpes y patadas. Se mantenían dóciles resistiendo la agresión ¿Qué otra cosa podían hacer? Los oficiales se agitaban unos a otros, acusando a los jóvenes de terroristas y de querer matar policías. ​

Uno de los agentes retiró al taxista del lugar, y lo llevó hasta la torre de la policía. Ortiz Molina le comentó sobre las muchas patadas que habían recibido los muchachos. Lo dejaron a cargo del policía en guardia. Cuando éste le preguntó a su colega sobre lo que estaba ocurriendo, el agente le hizo una señal de dedo índice frente los labios, dejándole saber que debía callar el asunto. ​

Mientras, un agente había esposado a Soto Arriví. La golpiza continuaba. Entonces los oficiales de alto rango se alejaron del lugar, para no estar envueltos en lo que ya debía ocurrir. Según declaró un agente tiempo después, las instrucciones eran “darle un escarmiento a estos terroristas”. ​

Los jóvenes estaban arrodillados, rodeados de agentes. Darío Rosado rogaba por su vida cuando uno de los agentes le disparó con una escopeta en el pecho. Después liberaron a Soto Arriví de las esposas y le dispararon con un revólver en el muslo derecho y en la pierna izquierda. Soto Arriví, en agonía, pero con valor hasta el último instante, dijo que ya lo habían herido, que ahora le tiraran a la cabeza. Recibió un tiro en el pecho que lo mató. Solo tenía dieciocho años de edad. ​

Que les sirva de lección a esos independentistas descabellados. ​

Pero el asunto no quedó ahí. ​

Carlos Romero Barceló, quien era el gobernador de Puerto Rico en ese momento, felicitó la acción de los policías y los llamó héroes. El resto del país no estaba tan impresionado como Romero Barceló. Las inconsistencias entre la versión de la policía y las expresiones del taxista Ortiz Molina levantaron serias dudas, sobre todo en el sector independentista que conocía la campaña de la policía contra ellos.

​El caso fue visto por el Departamento de Justicia, el cual determinó que los policías actuaron debidamente. Cuando el Negociado de Investigaciones Federales investigó el asunto –sin siquiera entrevistar a Ortiz Molina– llegaron a las mismas conclusiones. Necesitaban proteger a los policías que les ayudaban en la erradicación de independentistas.

​Esto no causaba alivio, sino que aumentaba la indignación. La versión de la policía era que los jóvenes independentistas, al ver la presencia de las autoridades, habían comenzado a disparar. Los agentes se tiraron al suelo, y desde allí respondieron el fuego, resultando en la muerte de los dos terroristas. Esta descripción no cuajaba con lo descrito con el taxista, ni con declaraciones de personas que escucharon dos ráfagas de tiros.

Si el estado no administraba justicia, entonces los nacionalistas tendrían que hacerlo. Poco más de un año después de los hechos, cuatro independentistas atacaron –por venganza– un autobús de la Marina en que viajaban dieciocho militares desarmados rumbo a un centro de comunicaciones, dando muerte a dos jóvenes que nada tenían que ver con lo ocurrido. Esto fue el comienzo del grupo conocido como Los Macheteros. ​

En las elecciones del 1980, el poder del Senado pasó al Partido Popular –el mismo partido que comenzó los carpeteos y la criminalización de la ilusión independentista– y ordenó que se investigara el caso. Las vistas, que fueron televisadas, comenzaron en 1983, cinco años después de los hechos. Todo Puerto Rico pudo presenciar a policías confesar la manera en que abusaron de los jóvenes, de la manera que resistieron los golpes cuando estaban indefensos, de la forma brutal y cobarde en que los mataron. ​

El golpe contra la confianza en las autoridades fue devastador. Los investigadores del Departamento de Justicia jamás habían pedido las armas envueltas en el incidente. El amapucheo fue tan descarado que en la autopsia ignoraron los golpes recibidos por las víctimas. Un policía explicó que uno de los terroristas había caído por un precipicio, cuando cualquier inspección del local hubiera demostrado que no existía barranco de ningún tipo. Lo más evidente era la trayectoria de las balas en el cuerpo de los jóvenes. La entrada y salida mostraba un ángulo que indicaba que recibieron los disparos desde arriba, es decir, cuando estaban arrodillados. Las balas no iban de abajo hacia arriba, que es lo que se esperaría si la policía disparó desde el piso, como alegaban. ​

Carlos Romero Barceló no apoyaba estas investigaciones. Como siempre, criticaba esto como ataques de la oposición política, y describía la investigación como un proceso absurdo. Después de años de inconsistencias publicadas por dos reporteros del periódico San Juan Star, y los datos transmitidos por la reportera Carmen Jovet en televisión, Romero Barceló se atrevió a lucir sorprendido cuando ya no había manera de negar lo sucedido, y se cantó víctima del abuso de confianza de sus funcionarios. Algo similar al caso de Pedro Rosselló: Cuando El Nuevo Día, el periódico principal del país, reportó de los casos de corrupción en la administración, Rosselló los castigó removiendo los anuncios de prensa. Más adelante, Pedro seguiría la línea de Romero Barceló: A pesar de que por años se le estaba señalando la situación, se pintó como ignorante sobre el asunto, y víctima de su propia gente. Eso fue parte del problema de Ricky: No podía negar su envolvimiento en el chat, y ya pocos se ciegan con la bomba de humo de la cantaleta sobre malicia de sus oponentes. ​

Algunos de los culpables en caso del Cerro Maravilla recibieron sentencias por asesinato. Otros fueron suspendidos de la policía. Hubo unos que dejaron a un lado todo el asunto de lealtad policial y fueron testigos contra sus compañeros a cambio de inmunidad. ​

El movimiento de persecución contra la izquierda perdió fuerza desde esos momentos. Ante este escenario, Los Plomeros decidieron desbandarse, solo se reunirían si surge un asunto que amenace con la revolución o el comunismo. ​

Eso no significa que la guerra había terminado.

El agente secreto González Malavé, se recuperó de sus heridas, que resultaron ser leves. Una noche, mientras estaba en la casa de su madre, le llamaron al balcón, y al salir lo fulminaron a tiros. Un grupo llamado “Organización Voluntaria para la Revolución” se responsabilizó por el ataque. De nuevo, seguía el círculo de venganzas y violencia. Esta vez le tocó a González Malavé quedar con su muerte impune.

​Al final, ningún bando había progresado en sus causas.

(Extracto de la novela: “La noche que renunció Ricky”, de Alexis Sebastián Méndez)

Alexis Sebastián Méndez ©

Para siempre recordar

Las víctimas

Novela de la cual pertenece el extracto compartido. Puede solicitarla en las librerías de Puerto Rico, ordenarla por Libros 787 o por Amazon.

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