Los roqueros clásicos y su odio a Bad Bunny (y a la salsa)

Por: Alexis Sebastián Méndez

Seamos claros sobre esa música: Es cafre; vulgar; cosa de gente de caserío. Lo único que promueve es crimen, drogas y sexualizan a la mujer.

Esto es, más o menos, cómo los roqueros describíamos a los salseros en los 70 y 80s (preferíamos referirnos a ellos con el despectivo “cocolos”).

Más de 40 años después, se ha reservado esta actitud contra el reguetón y, con mayor intensidad, contra el trabajo creativo de Benito Antonio Martínez Ocasio, el llamado Bad Bunny.

Este desprecio, según lo percibo, proviene principalmente de dos grupos. Por un lado, tenemos a quienes antipatizan con sus posturas políticas liberales. No intereso explorar ese ángulo, pues es fácil de articular. Me interesa más el segundo grupo: Los llamados “roqueros”, pues nos ilustra el fuerte sentido de identidad de la música en la sociedad.

Siento autoridad para expresarme al respecto, puesto que por varias décadas fui un “roquero” incorregible.

Pero antes de discutir mi pasado musical, la psiquis roquera, la relación con los salseros, y el repudio a Bad Bunny, quiero compartir una historia con la música “disco”. Y tiene que ver con el medio tiempo en un juego.

Ya saben quien con la bandera de ya saben donde…

La noche que mataron el “disco”

En 1979, un disc jockey de Chicago, mortificado con el éxito incansable de la música “disco”, coordinó una actividad durante un juego de las grandes ligas de beisbol. Entre dos juegos de los White Sox, se destruirían los vinilos de música “disco” que trajera el público: Los estallarían en medio del campo de juego.

Lo que nadie esperaba es que los roqueros convocados abandonarían las gradas e invadirían el terreno de juego, deseosos por pisotear los remanentes de Donna Summers, KC & the Sunshine Band, Gloria Gaynor y muchos otros.  Por primera vez en la historia, tuvieron que cancelar el segundo juego.

El caos del incidente reclamó varias primeras planas en Estados Unidos, generando una serie de imitaciones, que resultaron en la burla contra la música “disco”. Este “bullying” social suele tener efecto (por eso ya no ve gente en “dubi”, o llevando Britto de imitación) y así ocurrió con la música “disco” desde aquel incidente.

El creador del evento fue tildado de racista (la música “disco” se asociaba mucho con los negros) pero, años más tarde, aclaró su postura. Como “roquero” detestaba la presión a tener que bailar (una de las líneas que más carcajadas obtenía en mi obra teatral “De-Generación 80”, es la declaración “los ochentosos se metían a “roqueros” porque no sabían bailar”).

Así mismo, antes podía andar con camisetas y mahones rotos, pero el “look” moderno en las fiestas, trazado por los fanáticos del “disco”, era estar “acicalado” (por eso John Travolta vestía traje para la discoteca en “Saturday Night Fever”).

Más aún: Sus estaciones de radio, sus clubes de música, sus tiendas de discos, todos dedicaban más tiempo y espacio al “disco”, tiempo y espacio que le quitaban al rock.

En otras palabras, se sentían desplazados; comenzaban la ruta de minoría; de ser marginados.

Y por eso atacaron a esa otra música. Esa vez vencieron.

Rock vs Disco (otro medio tiempo de controversia)

Nacimientos paralelos: la salsa y el reguetón

Resulta complicado poner el dedo en el inicio de la salsa. Algunos pueden ir tan atrás como los ritmos africanos, otros ser más cercanos a la música cubana y el son montuno. En términos de música, se considera crucial la adición de trombones en los arreglos. Pero lo que distinguió a la salsa, fue desechar la formalidad de salón de baile, para traer el hablar de la calle a los ritmos caribeños.

Aquí vemos un patrón recurrente: La representación de marginados. Esto describe perfectamente a la comunidad latina de Nueva York durante los 60. Dos adolescentes –Willie Colón, de ascendencia boricua, y Héctor Lavoe, nativo de Ponce– asumieron postura de maleantes de barrio (el primer disco de ellos se titula “El malo”) y dejaron a un lado los temas de desamores y vacilones de fiesta para hablar de lo que se charla en la calle:  En “Nuestra cosa” (álbum cuya portada muestra a Willie Colón junto a un cadáver que parece que será arrojado a una bahía) advierte sobre “te conozco, bacalao” mientras describe a un vividor callejero, y amenaza a un enemigo con “tú no puedes conmigo”.

Aprovecho para señalar que esto es el mejor disco de Willie con Lavoe

Ya con esto, he explicado también la historia del reguetón: Hay una porción de la sociedad que no se siente representada en la música y sus letras. Estos son, generalmente, gente joven que enfrentan a diario los problemas callejeros. Así que tienen crear su propia expresión. Esa es la historia de la salsa, del rap, y del reguetón.

Por eso el reguetón y el rap van acompañados de acusaciones de cafrería, de celebrar las drogas, de incitar al crimen. Lo mismo le pasó a la salsa. Pero ninguno de estos géneros exhorta a estas conductas: solo mencionan la vida que conocen de la calle, no la que se supone que tengan.

Los “roqueros” no se identifican con nada de esto. O eso alegan.

Roqueros vs Cocolos

¿Por qué ser “roquero” cuando se vive en el Caribe?

No hay nada malo con eso, ni con disfrutar la música de otros países o culturas (la misma salsa, como ya explicamos, es una reinvención de la música cubana), ni tampoco sugiero que los “roqueros” no aprecien verdaderamente los méritos de su música. Aun disfruto de muchas de esas bandas, pero estoy yendo más allá de gustos, para entrar en la asociación social.

Estudié en escuela católica en los 80. Había una distinción implícita en aquellos tiempos: Si ibas a la privada, eras “de dinero” (mi familia era clase media baja, pero mi padre pensaba que, si iba a la pública, terminaría como tirador de drogas, o quizás preñado).  Por tanto, los estudiantes de escuela pública eran pobres, eran de la calle, para quienes existe la salsa. La salsa no es música de escuela privada. No señor: Para nosotros, REO Speedwagon y Van Halen. Muchas gracias.

Y claro, está la presión social: Quieres ser aceptado entre tus compañeros de clases, y todos hablamos de los vídeos nuevos de MTV, escuchamos el disco de Journey, discutimos el significado de “The Wall” de Pink Floyd. Así terminas “roquero”, eres parte del grupo, queda claro que no eres cafre y, mejor aún, no tienes presión para bailar bien, porque los roqueros nos inventamos los pasos y todo brinco funciona.

Llegamos a Bad Bunny

El fenómeno del reguetón dista de ser reciente. Recuerdo cuando los roqueros estábamos confiados de que moriría pronto con otras fiebres, como ocurrió con el disco, la salsa “gorda” y el rap. Llevamos 30 años esperando.

Entonces llega Bad Bunny dentro de la variante del trap (en el reguetón, así como ocurre en la salsa y el rock, suelen agruparse géneros diferentes que comparten algunos elementos, algo así como cuando decimos que “todos los chinos se parecen”: lo que nos es ajeno, no tiene distinción entre sí) y crea su propio fenómeno.

Aquí salen las críticas: que sus letras son fuertes, que no entiende lo que dice, que habla sucio. Esto es la repetición del auge de la salsa y del reguetón: los jóvenes no se sentían representados en el lenguaje y temas de la música, inclusive del reguetón, donde los mayores exponentes ya eran cuarentones casados y con hijos, alejados de la vibra juvenil. Algo nuevo debía surgir, tanto en temas como en sonido: por eso, la voz y manera de cantar de Bad Bunny, en lugar de convertirse en desventaja, es una marca que le permite destacarse sobre los que ya están refugiados en las fórmulas “que funcionan”.

No llamaría “reguetoneros” a los fanáticos de Bad Bunny. Llamémoslos “badbuniarios”.

De roqueros, salseros y Bad Bunny.

Aunque los ataques (en términos musicales) contra Bad Bunny vienen de varios frentes, percibo que los salseros han sido más tolerantes y abiertos, quizás porque comparten y entienden el trato injusto de desprecio. Otros, en lugar de apreciar el arte o lo que se expresa, se enfocan en lo que es distinto, se mortifican por ello y proceden a insultar.

Los roqueros debieran ser más empáticos, pues han enfrentado esto. El rock sufrió ataques por promover el uso de drogas, el sexo temprano, estimular el suicidio, y hasta de enviar mensajes satánicos. Para los roqueros, no hay nada de eso, solo una ficción para divertirse. ¿Por qué esa resistencia a brindar la misma capacidad a salseros, reguetoneros y “badbuniaros”? ¿No pueden ellos escuchar esos temas escabrosos solo por divertirse?

Roqueros ochentosos, alegando que los reguetoneros lucen ridículos…

***

Soy un hombre más feliz desde que abandoné la identidad de “roquero”. No se equivoquen: Mientras preparo desayuno, escucho Electric Light Orchestra y algo de Supertramp. Pero más adelante voy escuchando a Eddie Palmieri, y puedo cantar alguito del disco de DTMF, el cual considero una joya.

Ya no hay tantos roqueros “declarados” como antes. Los más leales son los amantes del “heavy metal” quienes, inclusive, fueron en su momento un grupo marginado, aun dentro de los roqueros.

Muchos, curiosamente, ahora son locos con la salsa (algo así como, después de tanto ataque al “disco”, ahora se les prende una bellaquera si escuchan “YMCA”). Ningún ochentoso habla mal de la salsa. No es que nieguen que son (o fueron) roqueros; es que sienten una vergüenza silente por haber despreciado un género tan genial, tan rico, tan vivo, y tan nuestro.

Esto es el futuro que veo: En unos años, nadie aceptará haber despreciado a Bad Bunny y su música.

Bad Bunny sigue desarrollándose de manera impresionante, y ha ido incluyendo ritmos como la bomba (que también tiene su historial de rechazo y hasta prohibición), la plena y la mencionada salsa.

Quizás deba hacer con alguito de rock, a ver si dejan de joder.

Alexis Sebastián Méndez ©

10 de febrero de 2026

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