Un recuerdo sobre el Tío Nobel…

Cuando se presentó la primera versión de la comedia teatral “De-Generación 80”, uno de los segmentos populares consistía en una parodia del Tío Nobel. En cada función escogíamos un co-piloto del público, el cual subía a escena, recibía su gorro (el cual debía devolver), y jugaba con un timón de embuste (“como un buen mamao” -aclaraba nuestro Tío Nobel- “porque el barco no va para ningún lado”)…

Esto es introducción para la siguiente anécdota.

Me tocaba seleccionar el co-piloto al comienzo de cada función. Cuando el espectáculo alcanzó cierta fama, ya algunos llegaban anticipando lo que pasaría, así que una mujer se acercó y me pidió que escogiera a su esposo como co-piloto. Le pregunté si estaba segura de que subiría (para evitar aguafiestas que después se niegan a participar), y me dijo:

— Va a subir. Tiene que darle cierre a su odio con Tío Nobel.

Así fue. Cuando nuestra versión caricaturizada del Tío Nobel le acercó el micrófono al “co-piloto” -un hombre unos 40 años a quien la gorra apenas quedaba- en lugar de dar su nombre, se desahogó sin filtro ante la sala llena de desconocidos en el Teatro Georgetti:

Tío Nobel, llevo treinta años esperando para decirte que me cago en tu madre. Y que eres un cabrón.

Después de la función, se acercó a agradecer la oportunidad. Según explicó, cuando era un niño pequeño en Jayuya, soñaba con salir en el Libro de Oro del Tío Nobel. El único detalle es que creía en la magia del libro, que su nombre aparecería si sacaba buenas notas y se portaba bien. Así que, en lugar de pedirle a sus padres que enviaran una carta pidiendo su inclusión, el pequeñín esperaba ansioso el timbre de la salida de la escuela, ignoraba cualquier intento de juego por sus amiguitos, y corría por una “jalda pa’arriba” (recuerdo esas palabras), para llegar sofocado a tiempo frente el televisor, y descorazonarse al descubrirse ausente del libro ese día.

En su frustración, pensó que no era merecedor suficiente para la entrada al Libro de Oro, así que ayudaba aún más en la casa, estudiaba más fuerte, mantenía una conducta intachable. Otro día, y de nuevo no aparecía en el Libro. Así durante años. Eso era del Tío Nobel; él era responsable de este trato injusto. Y este sentimiento de víctima ignorada, fue creciendo en un odio traumático que, gracias a la magia del teatro, pudo desinflar con aquella catarsis.

El Tío Nobel dedicó toda su carrera a ser anfitrión de un programa infantil, más en cambio carga una reputación de que no le gustaban los niños. Siento que es una acusación muy grande, y a veces es tan injusta como el odio de aquel co-piloto. Conozco de cerca a una persona que trabajó en su producción, y las palabras de elogio son altísimas. De manera similar se expresan otros que le conocieron. Nadie que haya estado cerca, comparte la acusación de que le desagradaban los niños.

Pero también es cierto que esta percepción tiene sus motivos. Por ejemplo, en los 80 trabajé como extra de telenovela, y nuestra área de espera quedaba frente el estudio de grabación del programa del Tío Nobel. En una ocasión durante una pausa comercial, un niño en primera fila, emocionado ante su presencia, pasó por debajo de la baranda para acercársele. Tío Nobel, de manera fría, le dijo que tenía que quedarse en su asiento. El tono no era maltratante, pero estaba desprovisto de afecto o de al menos una falsa sonrisa.

Esto que diré no es una defensa, sino una posible explicación: Tío Nobel era cubano. Ahora, no tomen esto como un comentario prejuiciado, porque les hablo por experiencia, ya que mis padres eran exiliados cubanos, así como el entorno de familias cercanas. El cubano de aquella época, en su mayoría, encontraba más importante mostrar disciplina a los niños que tratos afectuosos. Puesto de otra forma, su expresión de amor hacia un menor era imponer normas de conducta. Esa es la manera cubana de tratar con los niños, los que se supone que solo hablen cuando las gallinas mean.

También Tío Nobel era víctima de una comparación injusta contra Pacheco, su competencia en horario. Mientras que Tío Nobel parecía limitado a su función dentro de su jornada como un asalariado, Pacheco cargaba su personaje más allá del espacio en pantalla. Todos recordamos sus esfuerzos por el deporte infantil, las bicicletadas familiares, exhibiciones de dibujos enviados por sus “amiguitos”, y su inagotable energía durante el maratón anual por la distrofia muscular: desde que prendías el televisor en la mañana, hasta caer la noche, allí estaba Pacheco recibiendo a quienes llegaban a aportar, dejándoles que dieran su mensaje al público (que siempre era: “quiero exhortar a todos a contribuir con esta noble causa”). Y sobre todo: Pacheco parecía disfrutar la presencia de los niños. A veces algún chiquitín insistía en quitarle su sombrero de Buster Keaton, y Pacheco lo recuperaba con paciencia, mientras que desde mi casa yo deseaba meterle un cocotazo. Tío Nobel, ni nadie, podría competir con semejante imagen angelical.

Y digo “imagen” con toda intención. Aunque nunca conocí a Joaquín Monserrat (nombre real de Pacheco), estos años de trabajar con personalidades de los medios me ha expuesto a historias que derrumban muchas imágenes creadas. Pacheco era amoroso con los niños, pero no compartía esa tolerancia con muchos adultos. La historia que más me marcó fue saber que Pacheco se refería al Enanito Holsum como “ese enanito de mierda” (que, derrumbando otros ídolos, parece que el enanito se merecía esa descripción y mucho más).

El asunto es que Tío Nobel, Pacheco y el Enanito Holsum, son humanos (bueno, maybe el Enanito no). Los artistas cargan un peso muy grande cuando se les exige que se acomoden a nuestras expectativas en personalidad, sin considerar que son obreros con deudas, sueños abandonados, problemas personales, ansiedades, presiones, maltratos laborales, y muchas de las mismas condiciones que no nos permiten siempre mostrar lo mejor de cada uno de nosotros. Tomamos un incidente, y dejamos que esa excepción mancille miles de horas de trabajo y sacrificio.

Así que recordemos a Tío Nobel por quien era: Un hombre que durante décadas se dedicó a entretener a los niños durante las tardes. Un ser humano, con fortalezas y debilidades, como cualquiera de nosotros. No debemos exigirle más que eso. Aunque yo, tampoco, estuviera incluido alguna vez como parte del Libro de Oro. Cabrón.

Alexis Sebastián Méndez ©

8 de agosto de 2023

Comparación injusta

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